viernes, 6 de septiembre de 2019

La inútil perfección.

 
            Tras una larga cadena de asociación de ideas cuyo comienzo prefiero no recordar, me di cuenta de que las armaduras más perfectas se construyeron en el siglo XVI, cuando ya las armas de fuego las habían hecho inútiles.
            Generalizando, me di cuenta de que la mayoría de los inventos humanos nacen bajo el imperativo de la necesidad, se perfeccionan cuando los condicionantes económicos lo permiten y llegan a la perfección cuando ya son completamente inútiles, por puras exigencias de la estética, por una cierta necesidad humana de coherencia interna.
            De aquí se desprende la inutilidad, desde el punto de vista de lo natural, de la razón humana, de los más íntimos y propios constituyentes de nuestra mente.

domingo, 18 de agosto de 2019


            La libertad, ¿para qué? Supongo que para algo. Pero sobre ese algo podemos hacernos la misma pregunta: ¿Para qué? Esperamos que se nos diga para otro algo. Y este nuevo algo, ¿para qué? Y así sucesivamente. Pero habrá que pararse en alguna cosa. Yo prefiero quedarme con la libertad, sin tratar de justificarla. Prefiero evitarme todo el esfuerzo subsiguiente.
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            Pero eso significa que la libertad no tiene sentido. Y si pretendemos convertir nuestras justificaciones en una cadena infinita, eso significa también que nada tiene sentido.
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            Libertad, ¿para qué? La característica principal de la libertad consiste en la capacidad de determinar ese para qué en cada momento. Lo cual demuestra, por otro camino, la carencia de sentido de la libertad.
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            El sentido es la negación más completa posible de la libertad.
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            A lo largo de toda la historia, los hombres han buscado un sentido para su actividad y para sus vidas. Esa búsqueda es la manifestación más palpable y llamativa del miedo a la libertad.
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            Pero la realidad, la vida, es la indeterminación, es decir, la libertad. Podemos concluir que esa búsqueda de sentido expresa también miedo a la vida.
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            El miedo a la libertad, es decir, a la vida, lleva a los hombres a construir sistemas completos en sí mismos, basados en una razón autojustificativa -sistemas totalitarios. Dentro de ellos, la vida se siente determinada, constreñida. Y como la vida es indeterminación autoexpansiva, esos sistemas acaban necesariamente convirtiéndose en productores de opresión, de horror. La mente humana, huyendo de un horror - lo desconocido e imprevisible- cae en otro horror -lo excesivamente conocido, igualmente incomprensible.
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            Para que un sistema pueda ser accesible a la razón, debe basarse en un número finito de principios. Pero la vida, y el deseo, que es su más acabada expresión, se caracteriza precisamente porque busca y encuentra la posibilidad no prevista. Ello significa que razón y vida son heterogéneos e incompatibles. Y el hombre, puesto que participa de ambas, víctima de una contradicción irresoluble.


miércoles, 14 de agosto de 2019


            Hace tiempo me llamó la atención un mísero perrillo faldero al que un señor, acompañado por una señora, llevaba sujeto por una larga cadena. El perrillo, al extremo de la cadena, tiraba y resollaba con la lengua fuera. ¿Para qué esa cadena tan larga, cuatro o cinco veces la longitud normal? ¿Quizá su dueño intentaba darle al perro un mayor margen de libertad? ¿Es que no se daba cuenta el buen señor de la inutilidad de su buena intención? Por muy larga que sea la cadena, siempre será demasiado corta para el deseo del animal.
            Y el caso es que aquel hombre, probablemente, quería a su perro. No podía dejarlo totalmente suelto, ya que eso hubiera sido fatal para el pobre animal, en una zona de intenso tráfico rodado. Tampoco era capaz de renunciar a él. Y, por lo tanto, lo obligaba a llevar una vida miserable. El amor ata, esclaviza. Sólo la indiferencia da la libertad. Libertad para enfrentarse al caos o a la nada. Libertad para correr hacia la propia destrucción o, lo que es lo mismo, para realizarse.


sábado, 27 de julio de 2019


            Un día más que hemos vivido. Un día más que hemos soportado la vida. Un día menos de vida que nos queda.
            Son tres formas distintas de decir lo mismo, y las tres igualmente válidas en relación con la verdad.
            Lo que ya no es válido es la carga afectiva con que las pronunciamos. Precisamente porque esa carga es lo personal, lo subjetivo, lo irracional y, por lo tanto, lo auténtico.

lunes, 15 de julio de 2019



            Todo invento es una alteración del equilibrio y, fuera cual fuera la intención del inventor, acaba beneficiando a unos y perjudicando a otros, es decir, es utilizado como arma ofensiva. Por tanto, en principio, ningún invento debería aplicarse hasta que no se supiese cuáles serían sus efectos. Quizá todo inventor debería guardar su invento para sí. Quizá ningún invento debería ser llevado a la práctica hasta que no hubiera sobre esto un acuerdo unánime. Pero, ¿qué pasa en nuestra época que hay acuerdo unánime en la aplicación de los nuevos inventos aún antes de conocerlos?

sábado, 6 de julio de 2019


            El deseo de vivir es el principio de toda corrupción. La pureza, inspirada en la idea de la perfección, se contrapone a las exigencias de la vida práctica, orientada sólo a las exigencias de la supervivencia y de la lucha contra los otros. De este modo se han corrompido todas las religiones, todas las filosofías. Las creaciones de esos poetas, de esos místicos que son los fundadores, solo pueden aplicarse a regir la vida real de los pueblos tras un proceso de desvirtuación, de falsificación. ¿Cómo ha podido, si no, el budismo, la filosofía de la no existencia, ayudar a la supervivencia de las gentes en una región tan inhóspita como el Tíbet? Y en todas las religiones, elementos de la unión entre los hombres, de consolidación social para la vida, existe y perdura la tensión entre la herejía y la ortodoxia. La primera busca el retorno a los ideales originarios de perfección, de trascendencia, de superación de la realidad insatisfactoria y vulgar. La segunda, busca la adaptación a la circunstancia del momento, la satisfacción de los deseos de las masas. Y tened en cuenta esto: una religión en la que han dejado de aparecer herejías es una religión muerta.


miércoles, 31 de octubre de 2018

El mundo del futuro, o toda arma tiene dos filos.


    Ni que decir tiene que el principal elemento de la vida social es la economía. Y he aquí que nos encontramos en un momento en que ha irrumpido en el mundo una tecnología de inconmensurable eficacia. De tal eficacia que sustituye a la mayor parte de la población en su tarea de producir cosas que satisfagan necesidades, más o menos naturales de la gente. Aparece el paro, que seguramente no hará sino crecer.
    ¿Cómo será el mundo del futuro en estas condiciones?
    Voy a permitirme hacer una predicción.
    Habrá varias clases sociales.
    Para empezar, la mayor parte de la población vivirá de las ayudas del Estado. Eso será inevitable, según predicciones que circulan en abundancia, sobre todo con el progreso de la robótica. La ocupación de toda esta gente consistirá en tareas de ocio, orientadas al disfrute y a la ocupación del tiempo libre.
    Tendrá que haber una gran cantidad de empleo público. El Estado creará puestos de trabajo de mayor o menor utilidad, pero inevitables, aunque sólo sea para crear un vehículo de distribución de la riqueza producida por las máquinas. Una buena parte de ese empleo consistirá en un gran ejército de "inspectores de hacienda", gente cuya misión será perseguir a los que poseen y manejan el capital productivo: las máquinas en su enorme diversidad. Será así necesariamente, a no ser que se produzca un drástico cambio en la naturaleza humana. A los productores directos no les hará ninguna gracia que el Estado se apodere de la mayor parte de su producción.
    Y habrá un cierto número de profesionales altamente cualificados que, empleados por las grandes empresas, por el Estado o por libre, gozarán de un envidiable estatus social y económico. Una minoría, en la que privará una intensa competencia.
    Si lo pensamos desde la realidad de lo que ahora es el mundo, se nos antoja como una utopía imposible. Desde luego, para que llegue a ser posible debe cumplirse una condición: una muy notable elevación del nivel moral e intelectual de la gente. Pero, ¿es eso posible? ¿Es compatible la naturaleza humana con un alto nivel general de conocimiento y ética?
    Todo esto, por supuesto, si es que hay futuro. Que no está claro en absoluto.



jueves, 25 de octubre de 2018

El siglo Cuarto: La invención del totalitarismo.


    Tengo la impresión de que, al menos a nivel de manuales escolares de Historia, de que el siglo IV ha sido gravemente marginado. El siglo V, por ejemplo, ha sido señalizado como el del fin del Imperio Romano, ya que el año 476 Odoacro depuso al emperador títere Rómulo, llamado Augústulo, que había sido formalmente entronizado por su padre, Orestes, funcionario romano anteriormente secretario de Atila. Parece ser que fueron los historiadores al servicio de Justiniano los que señalaron esta fecha como fin del Imperio Occidental, ignorando que Odoacro llegó a proclamar emperador a su hijo y olvidando que este hecho apenas ´despertó el menor interés en su momento.
    Sin embargo, en el siglo IV sí ocurrió un hecho de suma importancia: la efectiva cristianización del Imperio y el empeño por parte de la autoridad imperial de imponer una cierta ideología oficial, seleccionado para este cometido la religión cristiana, que ya a mediados del siglo era considerada como "la religión" por excelencia.
    Todo el siglo está marcado por el fenómeno de la imposición del cristianismo y, quizá sobre todo, por las innumerables disputas doctrinales entre unos y otros grupos cristianos, entre los diversos obispos y, quizá de forma muy importante, de la controversia entre los que querían aclarar, depurar, racionalizar la doctrina y los que pretendían simplemente uniformarla, en lo que debemos considerar como el invento del totalitarismo en la Historia.

    En este proceso, a partir de la legalización del cristianismo por Constantino y después por el concilio de Nicea se producen una larga serie de disputas en las que los emperadores se creen con el derecho a intervenir (a veces a petición de los grupos enfrentados) hasta que, por fin, el emperador Teodosio intenta cerrar el proceso por la vía autoritaria, mediante la emisión de las constitutiones (leyes) Nullus Haereticis y Cunctos Populos.
    Por supuesto, y como en repetidas ocasiones puede comprobarse en la historia romana, muchas gentes, e incluso ciudades o regiones enteras, siguieron practicando doctrinas y religiones diversas según buenamente les parecía, pero ese intento de unificación ideológica debe ser considerado de enorme importancia e influencia posterior, sobre todo en la configuración política y jurídica de la Edad Media.

domingo, 29 de julio de 2018

La Iliada: Libro fundacional de la cultura europea.


    Resulta curioso que este libro, que acabo de calificar como fundacional de la cultura europea, no sea un libro ideológico, no sea una revelación ni una colección de principios legales ni morales. Es, simplemente, una narración. Únicamente intenta reflejar la vida.
    Una narración de un episodio guerrero, lleno de violencia, pero también lleno de humanidad. Lleno de deseos, de vanidad, de admiración mutua. El deseo de matar al enemigo es compatible con un cierto modo de identificación con ese enemigo. La soberbia de Agamenón o de Aquiles es soberbia humana, y la evidente preferencia que el autor muestra por los griegos (argivos, aqueos, dánaos) no le impide entrar en la vida de los que están en la ciudad sitiada (troyanos, licios, dárdanos) y presentárnosla en toda su palpitante humanidad. La sensualidad de la relación entre Paris y Helena contrasta con los sentimientos amorosos y un tanto fatalistas de la que hay entre Héctor y Andrómaca. La ira que en Aquiles provoca la muerte de Patroclo se amansa ante la compasión que le produce el anciano Príamo, y le lleva a entregarle el cadáver de Héctor y a consentir en lo necesario para que se le tributen unas honrosas exequias fúnebres. Incluso frente al hecho de la esclavitud parece que la actitud de la Grecia homérica era distinta de que hubo muchos siglos después. Por si el lector no lo sabe, las sociedades esclavistas suelen desarrollar un odio al esclavo que excluye cualquier tipo de comprensión ni compasión. En cambio, en la Ilíada se nos refiere cómo las esclavas de Aquiles aprovechan la muerte de Patroclo para llorar sus propias desgracias.
    En mi opinión, los griegos de esa época acababan de salir de la naturaleza, y en ellos ni los intereses ni la ideología habían ejercido su funesta labor de corrupción. Y este espíritu permaneció durante siglos. Es preciso señalar el hecho de que la antigua Hélade produjo filósofos, pero no profetas. La indagación libre sobre la naturaleza fue lo normal para el espíritu griego, mientras que los dioses eran simples objetos de admiración, seres humanos elevados a la máxima potencia, inútiles para cualquier intento de justificación del poder. Y hasta los últimos tiempos de la antigüedad las gentes de cultura siguieron inspirándose en este libro maravillosos y sacando de él citas con enorme frecuencia.
    Este espíritu empezó a cambiar con Platón, que si por un lado produjo un notable avance en el intento de investigación de la verdad, por otro inició el camino de un espiritualismo que acabaría en la mentalidad totalitaria del cristianismo, triunfante durante toda la edad media.

miércoles, 20 de junio de 2018

Oh, bella, ciao


    Ayer, en el Intermedio, supe que un grupo de viajeros, en un tren, cantó, dirigida a un líder político considerado afín o simpatizante con el fascismo, la canción "Oh, bella, ciao", que es tenida por una canción antifascista. Pero... 
    Una vez escuchada la canción, tuve que preguntarme qué tenía esa canción de antifascista. ¿Quizá que menciona a los partisanos, grandes enemigos del fascismo y de los ocupantes alemanes?
    Poca cosa para mí. Porque para mí, el fascismo, el comunismos, el liberalismo o el cristianismo se diferencian fundamentalmente por el sistema de ideas y creencias que propugnan.
    Pero no caigamos en un exceso de ingenuidad.
    En el mundo real, lo más importante no es la ideología, sino el grupo. Para el individuo es muy importante pertenecer a un grupo, estar integrado en un colectivo de amiguetes que te echan una mano si lo necesitas, te ayudan a ascender socialmente, o a robar en el supermercado, si un día lo necesitas. El grupo es sobre todo un colectivo de colaboración y de defensa contra el resto de los grupos. Luego, sólo como un parte del sistema y a veces no la más importante, está la ideología. Aunque, en mi opinión, es en las formaciones más o menos de izquierdas donde hay más idealismo y honradez, y donde, por lo tanto, tiene más importancia la ideología. Pero eso es otra cuestión. En este momento lo que ha llamado mi atención es ese hecho: una hermosa canción que sirve de símbolo identificatorio a... ¿una ideología, un proyecto social, o un colectivo humano?
    Pero no fijemos nuestra atención en el antifascismo. Es un fenómeno generalizable a cualquier grupo humano.

viernes, 15 de junio de 2018

El deseo de vivir.

El deseo de vivir es el principio de toda corrupción. La pureza, inspirada en la idea de la perfección, se contrapone a las exigencias de la vida práctica, orientada sólo a las exigencias de la supervivencia y de la lucha contra los otros. De este modo se han corrompido todas las religiones, todas las filosofías. Las creaciones de esos poetas, de esos místicos que son los fundadores, solo pueden aplicarse a regir la vida real de los pueblos tras un proceso de desvirtuación, de falsificación. ¿Cómo ha podido, si no, el budismo, la filosofía de la no existencia, ayudar a la supervivencia de las gentes en una región tan inhóspita como el Tíbet? Y en todas las religiones, elementos de la unión entre los hombres, de consolidación social para la vida, existe y perdura la tensión entre la herejía y la ortodoxia. La primera busca el retorno a los ideales originarios de perfección, de trascendencia, de superación de la realidad insatisfactoria y vulgar. La segunda, busca la adaptación a la circunstancia del momento, la satisfacción de los deseos de las masas. Y tened en cuenta esto: una religión en la que han dejado de aparecer herejías es una religión muerta.


martes, 8 de mayo de 2018

Manadas, piaras y jaurías.
¿Cuál es la naturaleza del comportamiento humano?
    Hoy nos ha informado la televisión de que existe un más allá del humano comportamiento de "La Manada". Resulta que, a raíz de la apertura de juicio contra este conjunto de energúmenos, y una vez divulgados los datos personales de la víctima, han surgido por las redes sociales, foros y webs una infinita serie de comentarios sarcásticos, insultos y barbaridades que parecen justificar o al menos sintonizar con la actuación de "los machos" y en desprecio de la mujer que ha tenido que sufrirlos.
    Este hecho produce un estremecimiento de horror quizá mayor que el derivado del hecho en sí. ¿Será este un comportamiento natural? Un comportamiento que no me atrevo a llamar "bestial" porque tengo la impresión de que muy pocas bestias se aproximan a algo así.
    Y el caso es que, en su punto de partida, no parece que eso sea "natural" en la especie humana.
    Efectivamente, los antropólogos llevan mucho tiempo observando la vida en diversas comunidades primitivas, y sabemos que, si nos acercamos a los tiempos realmente primitivos del hombre, nos encontramos con que las cosas han sido notablemente distintas.
    Por ejemplo, en esas épocas lejanas, pero que quizá sigan vivas en algunos grupos aislados, el machismo no existe. Y es más corriente la poliandria que la poliginia. Hay registros documentales de sobra acerca de la institución del matriarcado en muchas tribus primitivas. La existencia de mujeres con varios maridos ha sido muy corriente en las islas del Pacífico, o entre diversas tribus amazónicas, o entre los habitantes de zonas muy pobres del planeta (por ejemplo el Tibet), donde es normal que dos maridos compartan una sola esposa. Los fang, terribles guerreros africanos del entorno del golfo de Guinea, asumen sin dificultad los hijos que sus mujeres han tenido con otros hombres. Quizá todavía (o al menos en tiempos muy recientes) exista en china una comunidad (los mosuo, en las estribaciones orientales del Himalaya) donde la organización social es completamente distinta de la nuestra, siendo allí las mujeres las que trabajan y las que mandan. Los hombres viven relajadamente, y sólo trabajan cuando es completamente necesario, porque hay mucho trabajo o es especialmente duro: recogida de la cosecha u ocasiones en que es preciso remover la tierra o cortar leña. La propiedad (mucho menos desarrollada que entre nosotros) pasa de madres a hijas, es más comunal que individual, y en cuanto al matrimonio, ni siquiera existe. Cada mujer puede tener cuantos amantes desee, y lo normal es que cada hombre tenga varias novias. El sexo se resuelve mediante un sistema de visitas nocturnas y, aunque quizá exista algún sentimiento parecido a los celos, al no tener apoyo social, es fácilmente superable y no tiene importancia. Parecido a lo que Margaret Mead nos informa acerca de la isla de Samoa (donde estuvo en la década de 1920), donde es impensable que un hombre maniobre para reservarse la exclusiva de los favores sexuales de una mujer.
    ¿Cómo hemos llegado a la situación actual, donde lo más grave no es que se haya producido el hecho que ahora nos horroriza, sino que podemos constatar la existencia de numerosas "manadas" y de todo un sector social que parece apoyar los comportamientos de ese tipo?
    Entre el idílico comportamiento de los samoanos y el tiempo actual creo que existe una etapa intermedia donde el horror el lo cotidiano y lo constante. La "civilización a medias" (Edad Media, Islam, esclavitud, etc.) es quizá la peor de las situaciones. Y la estratificación social, el derecho de propiedad, y diversos delirios acerca de la familia y la sexualidad son sumamente peligrosos. Hasta el punto de que podemos dudar de si vamos hacia adelante o hacia atrás.

domingo, 26 de noviembre de 2017

La violencia sexual.
             La egoísta e irresponsable brutalidad de "La Manada" ha hecho aflorar en los periódicos un sinnúmero de artículos acerca de la violencia sexual, que, al parecer, es algo que va en aumento en nuestros tiempos. Un alarmante signo de esto es el hecho de las actitudes controladoras y machistas de demasiados chicos con respecto a sus "chicas", sean éstas novias formales o no, a las cuales éstas responden, con demasiada frecuencia, con sumisión y conformismo.
            Lo cierto es que en el mundo occidental esto no es algo nuevo. Las ideas y los movimientos acerca de la liberación femenina tienen su más llamativo punto de arranque en los años sesenta, en un momento en que se creyó que la liberación general de la humanidad iba a ser posible. En estos momentos sobran motivos para el pesimismo: de momento, estamos retrocediendo y no podemos estar seguros de que sea posible cambiar esta tendencia.
            Pero es que la tradición anterior, incluso en nuestro mundo, abunda en ese sentido. La mujer estaba sometida al hombre y tutelada por éste, incluso legalmente. Y según algunos testimonios que he podido recoger (e informaciones librescas y periodísticas variadas), en los años cuarenta y cincuenta el que un marido pegase a su mujer era algo de lo más normal. Y no hablemos del mundo islámico.
            Pero, ¿ha sido siempre así? ¿Es así la humanidad por naturaleza, o se trata de un avatar de la evolución social?
            Yo siento el impulso de recurrir a la información antropológica disponible. Y allí descubro que en muchos tiempos y lugares las cosas han sido de otra forma.
            Para empezar, el sexo era algo extraordinariamente libre. Esto era cierto, por ejemplo, en la Arabia preislámica, en la que, por ejemplo, cuando una caravana llegaba a una aldea las mujeres se acercaban a los hombres para "ofrecérseles" como la cosa más natural del mundo. Probablemente, los maridos estaban disfrutando de favores parecidos en otras aldeas. Y, bien pensado, era bastante lógico este comportamiento en un mundo pastoril en el que las idas y las venidas en busca de pastos, o los frecuentes y largos viajes para comerciar, mantenían separadas a las parejas durante largos períodos de tiempo.
            Pero es que en muchos lugares sedentarios las cosas eran muy parecidas: los fang del golfo de Guinea asumían sin problemas los hijos que sus mujeres tenían con otros hombres, entre los masai el matrimonio era una institución sumamente flexible que admitía gran libertad tanto para el hombre como para la mujer, en el África subsahariana existían hasta tiempos no muy lejanos una amplia variedad de fórmulas matrimoniales, en la isla de Samoa, según nos informa Margaret Mead, era inconcebible que un hombre maniobrase para reservarse en exclusiva los favores de una mujer, etc., etc. En este panorama, la palabra "adulterio" carece de significado. Lo cual no significa que no hubiese violencia, pero parece claro que la violencia sexual debía ser algo con un significado totalmente distinto al que nosotros conocemos. Podemos resumir este conjunto de hechos diciendo que, en los pueblos verdaderamente primitivos o naturales, el sexo carece de importancia. En consecuencia es posible una amplia variedad de comportamientos sexuales sin que ello provoque un verdadero rechazo social.
            Probablemente, las cosas debieron cambiar al desarrollarse la sociedad, al establecerse la especialización en el trabajo, el derecho de propiedad y las clases sociales. Acompañado todo ello de un proceso de individuación que convertía a cada uno en un adorador de su propio yo, lo cual, con la superior fuerza física que el hombre suele tener con respecto a la mujer, convierte a ésta en un ser supeditado a aquél. Creo que puedo afirmar que existe una etapa intermedia de la civilización en la cual el horror alcanza su máximo histórico.
            Durante la segunda mitad del siglo XX pareció que esa situación iba a ser definitivamente superada. Pero he aquí que la "crisis" (crisis general, de la cual la económica es sólo uno de los aspectos, aunque quizá el más importante) hace surgir la incertidumbre e indica el peligro de que volvamos a una de esas etapas intermedias que a mí tan indeseables me parecen. Esto que digo sirve para los países desarrollados de cultura occidental, ya que el resto del mundo, o gran parte de él, puede que esté en la peor de todas las situaciones históricas.
            Otra de las cosas que se ha dicho es que "el ataque grupal está aumentando" (Javier Urra en "El País", 24-11-2017). Esto parece estar muy relacionado con el abundantísimo uso de las redes sociales, que facilitan el contacto entre individuos que ya tenían una cierta predisposición. Es muy conocido el efecto de reforzamiento que se produce cuando se reúnen un gran número de individuos con un comportamiento similar. El individuo se siente estimulado y prácticamente obligado a actos de los que sería incapaz por sí solo. Es un ejemplo del efecto de las nuevas tecnologías, responsables en gran medida de la crisis al eliminar muchos seres humanos del proceso productivo, pero también al producir efectos indeseados en la psicología colectiva. Estas tecnologías, que por un lado nos dan la oportunidad de crear en Estado verdaderamente eficaz en la ordenación de la vida humana, por otro lado facilitan el fomento de actividades gravemente lesivas para los demás.
            ¿Hacia dónde vamos?











viernes, 8 de septiembre de 2017


            El gran pecado del cristianismo es haber corrompido el escepticismo. Un griego jamás hubiera asociado el gemido a la duda. Retrocedería horrorizado ante Pascal y más aún ante la inflación del alma que, desde la época de la Cruz, desvaloriza el espíritu.
                        (Cioran. Silogismos de la amrgura).
            Se ha vuelto a publicar un libro de Cioran. E, inevitablemente, nos recuerda a los filósofos cínicos, con quienes tanta relación tiene. Pero hay una diferencia importante: En la época de los cínicos, Dios no había sido inventado. Quizá por eso, su visión negativa de la vida era aún más radical. La angustia de Cioran (quizá un sentimiento añadido) es quizá la visión de que la única vía de salvación que se le ofrece es sólo un espejismo.


domingo, 3 de septiembre de 2017




El amor, Dios y la prostitución.


            Cuando los habitantes de los países avanzados (suponiendo que estemos medianamente bien situados) miramos a nuestro alrededor, es panorama que vemos es francamente agradable. Por doquier se ve el bienestar, las tiendas bien surtidas, señoras vestidas con elegancia, gente de todo tipo paseando a sus mascotas, automóviles circulando, jardines, jóvenes haciendo deporte...
            Pero si buscamos con atención en parajes más escondidos, y sobre todo si leemos las noticias de los periódicos, la cosa cambia radicalmente. Políticos corruptos, enfermedades incurables, indigentes, desigualdad, países gobernados por regímenes tiránicos, pobreza, explotación... Para citar un horror reciente tenemos el caso de Turquía: un ser incalificable (que ya venía maniobrando desde hacía tiempo) se ha adueñado de todo un gran país, poniendo todo bajo su control, reclutando a una inmensa patulea de gente para controlar los puestos de todo tipo de donde han sido expulsados los anteriores ocupantes. ¿Y eso por qué? Pues sencillamente: la personas imbuidas del espíritu de modernidad, de respeto a los derechos humanos, a la libertad y a la dignidad humana no le sirven para satisfacer su, supongo, descontrolado ego y furibundo deseo de control y de poder.
            Bueno, era sólo un ejemplo.
            El caso es que, resumiendo, el mundo no nos gusta.
            Y no podemos soportar esa idea.
            Tenemos que defendernos contra ella. Si pensamos en ello demasiado, la única salida razonable sería el suicidio. En todo caso, deseamos vivir, y vivir agradablemente.
            Necesitamos tener una visión "positiva" del mundo y de las cosas.
            Necesitamos ocultar el horror que por todas partes nos rodea. Y para ello, como hacía el famoso Potemkin para Catalina de Rusia, colocamos una serie de pantallas que nos oculten la realidad.
            Dos de esas importantes pantallas son Dios y el amor. Y unas cuantas cosas más. Y más adelante hablaré del papel que en el mundo ejerce, o podría ejercer, la prostitución.
            Empecemos con Dios. Creo que hay total acuerdo en que Dios es un ser infinitamente bueno justo y poderoso. Y está claro que un ser así es incompatible con la existencia del mal (o mejor, de tantísimos males) en el mundo. Luego Dios no existe.
            Pero lo que a mí me interesa es la cantidad de personas que se resisten a reconocer esta evidencia. El argumento de mucha gente a favor de la existencia de Dios se puede reducir a un "es que si no, no lo entiendo". En las épocas modernas ha habido un sinnúmero de escritores que se han dedicado a describir las vivencias más íntimas de las personas, también en relación con el problema de la muerte y la trascendencia. Pero a mí me gustaría encontrar literatura en relación con el mismo tema, pero de la antigüedad, de antes de que la creencia en "Dios" fuese algo generalizado. Recordemos que Dios fue inventado por los judíos y refinado por los cristianos. Pero en los verdaderos primitivos no existía siquiera la noción de "Dios" y quizá ni siquiera de "dioses". Y una vez que surgió el nuevo mito, la nueva ilusión, Dios, nos aferramos desesperadamente a ella.
            En cuanto al amor, nos encontramos con algo parecido. ¿Existe el amor en la realidad? Es posible que sí, pero sobran motivos para dudarlo. Existe la atracción casi fisiológica que lleva a la gente a emparejarse; pero al cabo de unos años esa atracción desaparece, y es normal que la persona menos dependiente, un poco más fuerte, sienta un acuciante deseo de liberarse de la otra. Sabemos de sobra que, en los países económicamente desarrollados, alrededor de una tercio de los matrimonios acaban en divorcio. Y yo, por mi cuenta, aseguro que otro tercio no se divorcia por motivos económicos. Y en el tercio restante estoy seguro que lo que prima es, más que nada, el interés en un arreglo que permita pasar la vida con ciertos niveles de tranquilidad  y bienestar. Se trata de mantener una situación suficientemente agradable y segura, y de no arriesgarse en aventuras que probablemente acabarán mal.
            Sin embargo, a nivel de comunicación social, lo que funciona a toda máquina es eso que llamamos "amor romántico". Otra ilusión cultural a la que no estamos dispuestos a renunciar.
            Recientemente, en un programa televisivo (creo que ni siquiera era un documental) revelaron que, en la película "Pretty woman", la prostituta que interpreta Julia Roberts acaba muriendo de una sobredosis de alguna droga, en un intento de suicidio. Pero "se decidió" (supongo que lo decidirían los inversores que arriesgaban su capital en el rodaje) que hubiera un "final feliz".
            ¿Qué creen ustedes que habría pasado en el mundo real? Es perfectamente posible que un millonario se encaprichara de una furcia joven y especialmente bonita. Pero también es muy probable que al cabo de algún tiempo se hartara de ella y se la sacudiera de encima. Ella, quizá, se habría hecho la ilusión de que podría salir de su espantoso mundo. Y que en la vuelta a la realidad intentase consolarse con un chute que, quizá también, pudo resultar excesivo.
            Pero la gente, los medios de comunicación, la industria del espectáculo, pasan alegremente por encima de los hechos y nos presentan mayoritariamente un mundo color de rosa. Cualquier cosa con tal de no ver lo que cualquier observador objetivo tiene ante su vista.
            ¿Y qué pinta aquí la prostitución?
            Consideremos primero que la prostitución es algo que se soslaya, que se oculta, que se niega. Algo muy mal visto y que los bien pensantes persiguen y quisieran hacer desaparecer. Seguramente porque enturbia la ilusión de "amor romántico" que es lo único socialmente presentable. Y sin embargo...
            Reconozcámoslo: si observamos lo que en la vida real es el sexo, si estudiamos el "problema sexual", concluiremos rápidamente que la prostitución no es una mala solución. A no ser que el sexo sea algo importantísimo.
            Pero, ¿realmente es tan importante?
            Para los verdaderos primitivos no lo es. Y para muchos que no son primitivos. Sabida es la extensión que el SIDA ha llegado a tener en África. Consecuencia de lo que estoy diciendo. Hace cien años (hay abundante literatura antropológica que lo confirma) en los numerosos pueblos naturales que todavía quedaban en el mundo, había una amplia, desenfadada, alegre, promiscuidad. Si bien, seguramente, era una promiscuidad limitada, usualmente reducida a los ámbitos de la tribu, y sobre todo por efecto de la escasa movilidad de las personas. El problema de África consiste sobre todo en que la movilidad se ha incrementado extraordinariamente, originando una frecuentísima promiscuidad "extratribal" que antes no existía. Comunicaciones periodísticas sobre el problema del SIDA señalan el peligro que son los camioneros, que recorren el continente como vectores de propagación de cualquier enfermedad que puedan tener. Y mucha gente va y viene. Muchos jóvenes salen de sus lugares de origen y se hacinan en grandes ciudades, buscando trabajos en minas o en industrias diversas. Luego vuelven y mantienen relaciones sexuales que, ya, son peligrosas. Los europeos, en su momento, fomentaron extraordinariamente la prostitución. Y los turistas recorren el continente. En ocasiones son "turistas sexuales". Etcétera, etc.
            Acabo de señalar los problemas que plantea la prostitución, probablemente muy importantes. Pero también conviene señalar su aspecto positivos.
            Para ver el aspecto positivo es preciso centrarse primero en el problema que he señalado antes: lo que en la práctica es el sexo, lo que son las relaciones humanas, frágiles, insatisfactorias, frecuentemente sórdidas. Realmente es bueno que haya personas para las que el sexo no sea algo sagrado, supremo, entregable sólo a una determinada persona con la que se mantiene una especie de unión mística que, reconozcámoslo, nunca se da en la realidad. Esas personas, libres de idealismos socialmente mantenidos, pueden proporcionar de modo puntual, o por períodos limitados de tiempo, la satisfacción de una fantasía o de unos deseos exaltados.
            El sexo se integra de esta manera en el flujo natural de la economía. Que, reconozcámoslo o no, es el eje fundamental de la vida.
            Y no hay nada condenable en que esos servicios sean recompensados. Al fin y al cabo, prácticamente todo en la vida es un perpetuo trueque, se reconozca o no.
            Pero la vanidad social nos impide reconocer estas verdades, que en tiempos antiguos eran el objetivo de la filosofía cínica.
            Vanidad que es el soporte del deseo de poder y de la voluntad de dominio.
            Ahora, que cada cual saque sus conclusiones.